jueves, 6 de mayo de 2021

El Papa: el tesoro y la vasija de barro. El drama de Francisco (1)

Existen hoy ciertos analistas de la vida de la Iglesia Católica, quienes, juzgando solamente la superficie de sus fenómenos, y haciéndolo además con criterios meramente humanos (muy distantes de aquellos criterios de fe con los que el fiel católico debe contemplar la vida de la Iglesia, tal como recordábamos en la nota de ayer), suelen concluir la mayoría de las veces sus publicaciones con la pregunta: ¿la Iglesia está ya acabada? Por supuesto, el mero hecho de que planteen semejante pregunta es una señal del rumbo equivocado tomado por tales analistas, alejados como se manifiestan de la fe en las promesas de Nuestro Señor Jesucristo (Mt 16,18). Sin embargo, ellos frecuentemente hablan de la crisis de fe que atraviesa actualmente la Iglesia, aunque nos preguntamos cómo precisamente ellos (que tan poco manifiestan vivir y expresar esa misma fe) podrían valorar cabal y auténticamente esa fe que está hoy en crisis. Por supuesto, también el papa Benedicto XVI, hoy papa emérito, constató repetidamente durante su pontificado esa crisis de fe que sufre actualmente la Iglesia, y el propio papa Francisco también lo ha expresado en varias ocasiones (ya desde su primera encíclica). Pero ellos, por supuesto, saben de qué se trata: nadie como un Papa puede hablarnos de fe y de crisis de fe.

----------Otro síntoma del desatino de algunos analistas es que suelen juzgar el devenir de la Iglesia Católica, sus acontecimientos cotidianos, las noticias de todo tipo que sobre ella circulan, sus claros y sus oscuros, en fin, como digo, los fenómenos de superficie que manifiestan la vida que la anima, como juzgan la vida de cualquier otra comunidad religiosa, incluso cristiana, como las confesiones luterana, anglicana, o cualquiera de aquellos miles de fragmentos en que se han dividido precisamente aquellos que se han apartado de la única Iglesia sin la cual no hay salvación y cuya vida perdurará por todos los siglos, hasta el retorno de Nuestro Señor.
----------Ellos, por el contrario, ven la vida actual de la Iglesia como una "nave que se está hundiendo bajo el comando del papa Francisco", así lo expresan. A la par de ello, tales analistas por supuesto no dejan de manifestar su odio visceral por el Santo Padre, por ejemplo cuando expresan como lo ha expresado uno de ellos recientemente: "la nave de la Iglesia está naufragando y se acerca lo peor de la tormenta. Sus oficiales eligieron al más chapucero e improvisado de los capitanes que podían encontrar...".
----------Es la historia de todos los herejes y cismáticos, quizás bien intencionados alguna vez, en el origen de sus luego desviadas pasiones, seducidos por el demonio, y tropezando una y otra vez contra aquél que siendo tan sólo Simón, mero elemental barro humano, Nuestro Señor ha querido convertirlo en Pedro, roca contra la que se estrellan todas las chalupas alejadas de la única barca capaz de navegar la tempestad.
----------Sin embargo, pongamos las cosas en su lugar: no todo está equivocado en quienes de ese modo se equivocan, y es que el demonio no podría seducirlos sino mostrándoles algunos aspectos de verdad. Por supuesto, es apropiado recurrir, como hacen estos desatinados analistas, al relato evangélico de Cristo, quien, a bordo de una barca junto con los apóstoles en un mar en tempestad, está durmiendo, mientras la barca es sacudida por las olas. Yo también estoy convencido que esta escena representa con exactitud la situación de la Iglesia de hoy, como dijo en su momento el cardenal Raymond Leo Burke, quien sin embargo fue demasiado lejos, cayendo en el desequilibrio de decir que "faltaba el timonel". Sabemos cómo terminó.
----------Por el contrario, nosotros, y me refiero a mí y quiero creer que a los lectores que habitualmente me siguen en estas reflexiones, no miramos de ese modo a la Barca de Pedro en la tempestad; no llegamos al desequilibrio de afirmar como lo hizo el pobre cardenal Burke (por muchas otras razones, meritorio príncipe de la Iglesia) que a la barca le falta el timonel, ni como expresan los herejes y cismáticos que ven al papa Francisco del mismo modo que Lutero veía al Papa en su tiempo. Nosotros, como católicos, creemos que: Habemus Papam, con todo lo que ello implica. Y, aún así, nos animamos a hacer la pregunta del inicio:
   
¿Está acabada la Iglesia?
   
----------Espero que este subtítulo rimbombante no asuste al lector. Quienes me leen cotidianamente saben que no soy un sedevacantista, ni un donminutelliano, ni un lefebvriano o filolefebvriano, como para pensar como ellos, o como otros, que en Roma hoy no hay Papa. Digo inmediatamente y repito: Habemus Papam y, por lo tanto, digo que el papa Francisco conoce bien su deber como Papa y lo practica. Sin embargo, el título de esta serie de notas, y el anterior subtítulo, por impactantes que sean, no los he elegido por casualidad, y daré las razones. Espero que el lector no interrumpa de inmediato la lectura y me deje explicar.
----------Desde hace tiempo, al indicar cómo debemos comportarnos con el Papa y cómo conciliar las opuestas facciones que están destrozando la Iglesia, me encuentro caminando por un camino casi solitario, junto con poquísimos amigos; sin embargo, es el rumbo que indica el camino de la paz bajo la guía del común pastor, que es el Papa, Vicario de Cristo. Pero el caso es que los modernistas (he tenido sobrados testimonios de ellos) me desprecian y me ignoran, confundiéndome con un lefebvriano. Estos últimos, por su parte, visto que critico al Papa, más de una vez se me han acercado esperando capturarme (particularmente en años recientes, cuando escribía en colaboración con alguien que no carecía de ciertas inclinaciones hacia ese grupo cismático), pero cuando se dan cuenta de que conmigo el truco no funciona, se vuelven contra mí con todo tipo de improperios (que los lectores conocerían si yo publicara todo lo que comentan en el foro).
----------Ahora bien, vayamos a nuestro tema: ¿Qué está sucediendo, en efecto, desde hace años? Que muchos observadores y estudiosos informados, objetivos e imparciales, pero también comunes fieles, sensibles al bien de la fe, de las almas y de la Iglesia, constatan hoy que en estos años de pontificado, el papa Francisco, no falto de dotes, sino por deseo, como parece, de éxito, atraído por el reformismo modernista y por un malentendido diálogo con el mundo, se ha dejado llevar, adulado por los colaboradores y por las muchedumbres mundanas, a tales imprudencias pastorales, que ahora se encuentra en tales estrecheces, que debe gestionar, tal como parece, una situación eclesial tan caótica, que se presenta como casi ingobernable.
----------Por supuesto, el Papa está ahí, y lo repito: Habemus Papam. Pero para nosotros, sus angustiados hijos, parece que estamos de algún modo privados del padre común. Este es el sentido de esta serie de notas, comenzando por la de ayer. Por lo tanto, escribo no en el tono del juez, como ciertos fariseos pedantes y venenosos, sino en el tono dolorido y franco del afectuoso hijo, suplicante, sufriente y confiado. Y por eso la conclusión será, como es deber que así sea, optimista y creyente, como debe ser, y por lo cual pido paciencia a los lectores, hasta que lleguemos al final de esta pequeña serie de notas.
----------Mientras tanto, sin embargo, intentemos el esfuerzo de mirar esta vez la realidad a la cara. Quiero decir: de los dos términos de la aparente paradoja que hemos planteado en el título, o sea, la paradoja del "tesoro" y la "vasija de barro", miremos primeramente, por favor amables lectores, el segundo término.
----------El papa Francisco, y desde el inicio de su pontificado, hace ocho años, ciertamente se ha dado muchísimo por hacer, incluso de manera prodigiosa, teniendo en cuenta su edad, con sus viajes (al menos con la asiduidad que tenían antes de la actual pandemia), sus documentos, sus encuentros, sus entrevistas, sus continuos discursos, sus decisiones pastorales.
----------Predica la apertura hacia los pobres, los inmigrantes y los marginados, pero luego en la práctica mantiene contactos amistosos con todos los grandes poderes internacionales tradicionales enemigos de la Iglesia Católica, sin hacerles ninguna crítica: el mundo protestante, el mundo comunista, el mundo judío, el mundo islámico, la masonería. ¿Y con qué resultado? ¿Sería este el Papa de todos?
----------Por su parte, como repetidamente hemos constatado, los fanáticos del Papa lo presentan como gran renovador de la Iglesia y como gran profeta. Mientras que en la práctica él deja correr todas las antiguas herejías hoy remozadas, sean cristológicas, trinitarias, eclesiológicas, antropológicas o morales.
----------En el seno de la Iglesia concede espacio a los modernistas, incluso en altos puestos, y tolera corruptos de variado género, mientras golpea a los conservadores. Poco se preocupa por el área de los católicos normales, los cuales sin embargo, vista la conducta del Papa, se sienten desorientados y no ayudados por él, por lo que algunos se sienten tentados a desplazarse hacia la izquierda, mientras que otros se ven tentados a pasar a las filas de los seguidores de mons. Lefebvre o de don Minutella o de mons. Viganò.
----------En este punto de nuestra reflexión (y queriendo por el momento hacer un paréntesis para continuarla en la nota de mañana, Dios mediante) yo le diría al papa Francisco, asumiendo la representación de mis lectores, y con mi mayor respeto y devoción al padre común: Santo Padre, ¿no le importa que sucedan estas cosas? ¿No se preocupa por sus hijos? Antes que la Iglesia "en salida" está la Iglesia en la propia casa. Una familia cuyos miembros se pelean entre sí, ¿qué es lo que puede enseñar a las otras familias? ¿No habrá llegado el momento de que se detenga a reflexionar? Quizás las circunstancias de esta pandemia sean también en este sentido providenciales, como para que reflexione. Haga menos pero hágalo mejor. Nosotros, sus hijos, le preguntamos: ¿acaso está resolviendo los problemas? ¿Aclara nuestras dudas? ¿Disipa los malentendidos? ¿Refuta los errores? ¿Castiga a los rebeldes? ¿Convierte los corazones? ¿Hace crecer la Iglesia? ¿La defiende de los enemigos? ¿Conforta y consuela nuestras almas que sufren, desconcertadas y escandalizadas? Sin embargo, no se me malinterprete: al decir todo esto, no ignoramos todo el bien que hace.
----------Pero, Santo Padre, ¿es la suya verdadera misericordia o acaso es negligencia? ¿La suya es verdadera humildad o es desprecio por su propia autoridad apostólica y renuncia a su responsabilidad como Vicario de Cristo? ¿Su apertura a todos es verdadera amplitud de corazón, verdadera universalidad franca y evangélica, o es un malabarismo oportunista entre posiciones opuestas? ¿El cambio que Su Santidad predica es una verdadera conversión, es una metanoia o es cambiar de rumbo con el cambiar del viento? ¿Puede distinguir la rigidez del conservadurismo, de la estabilidad e inmutabilidad de los principios? ¿Lo moderno del modernismo? Queremos creerlo, por supuesto, pero no siempre Su Santidad lo da a entender.
   
----------(Continuaremos mañana).

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