sábado, 1 de mayo de 2021

La actual pandemia. ¿Por qué Dios permite el mal? (6)

Intentaremos hoy, luego de todo lo expresado hasta aquí, ofrecer la respuesta de la fe al problema del castigo del pecado. Tal respuesta es, como lo comprenderemos, la respuesta al por qué del sufrimiento, y la respuesta a la pregunta más general de por qué Dios permite el mal.

La respuesta de la fe al problema del castigo del pecado
   
----------Sobre la cuestión del mal, ¿cuál es la luz de verdad que nos ha brindado como respuesta Nuestro Señor Jesucristo? Pues bien, por un lado, Nuestro Señor ha confirmado los datos de la metafísica y de la ética natural que he expuesto en las notas anteriores; pero por otro lado, nos ha revelado el origen primero del mal en el pecado del ángel y en el pecado de nuestros primeros progenitores, es decir, el pecado original, nos ha mostrado el propósito del mal, que es el de perder las almas; pero también, y especialmente, Jesucristo nos ha enseñado cómo evitar el mal y, finalmente, cómo utilizar el sufrimiento para salvarnos.
----------En primer lugar pues, Cristo, cuyo pensamiento ha sido explicitado por san Pablo, que desarrolla el relato genesíaco del pecado original, nos explica cuál ha sido el origen del mal: el pecado del ángel, que ha inducido a pecar a nuestros primeros progenitores. La culpa, entonces, con sus consecuencias penales, se ha transmitido y se transmite por generación a toda la humanidad. Y Cristo, asumiendo sobre Sí el castigo del pecado, nos libera con su Cruz del pecado y de la muerte, muerte que es el castigo del pecado original.
----------El hecho de que el hombre con su propio actuar necio se cause daño, mal, a sí mismo; el hecho de la hostilidad que recibe de la naturaleza, del prójimo y del demonio; el hecho de la enorme diferencia que existe entre los individuos afortunados y los individuos desafortunados, entre los que viven cien años y los que son asesinados en el seno de su madre, entre los que viven en excelentes ambientes naturales y los que viven en ambientes prohibitivos e inhabitables, entre los que pueden recibir una adecuada educación y los que no pueden; el hecho de las escandalosas desigualdades económicas entre individuos e individuos, los defectos de la justicia humana que golpea a los inocentes y perdona a los los malhechores, en fin, todo género de sufrimiento físico y moral hasta la muerte misma, son todas consecuencias del pecado original.
----------Al respecto de esto, Nuestro Señor Jesucristo ordena categóricamente a los hombres el practicar la justicia, por lo cual el poder del César (el poder político) está justificado por el hecho de que custodia la justicia social, premiando a los justos y castigando a los malhechores. Sin embargo, atendiendo a los defectos de la justicia humana, dependerá de Dios corregirlos esperando al ajuste de cuentas del malhechor que se ha salido con la suya, de modo que si acaso se ha escapado de la justicia humana, no se escape a la justicia divina, a veces aquí en esta tierra, aunque no siempre, pero de todos modos siempre en el más allá.
----------Por otra parte, Nuestro Señor Jesucristo ha confirmado además el deber natural de luchar contra el sufrimiento. Claro que en la medida de lo posible. Nuestro Señor nos llama a luchar, mediante el arte de la medicina y mediante todo sano recurso humano, técnico o científico, personal o social, contra el sufrimiento en nosotros y en el prójimo, acompañando esta lucha con la oración; pero al mismo tiempo ha confirmado la necesidad de aceptar y moderar el sufrimiento en las prácticas ascéticas y penitenciales.
----------El Evangelio nos enseña que el sufrimiento, que sigue existiendo en el mundo y en nuestra vida, no obstante nuestros esfuerzos por eliminarlo, es un capital a utilizar y a hacer fructificar para hacer penitencia y seguir a Cristo en el camino de la Cruz. En tal modo lo que sería un producto de descarte se convierte en fuente de salvación y en medio de purificación y de perfección. Cristo nos ha confirmado que el sufrimiento es consecuencia del pecado, por lo cual el mal principal no es el sufrimiento, sino el pecado. Es necesario estar dispuestos a sufrir para liberarnos de los vicios y conquistar las virtudes.
----------Importante, y de hecho esencial, para comprender verdaderamente las intenciones y las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo en este arduo tema del mal y del sufrimiento, materia hoy tan confundida y mal comprendida, es no limitarse a las poquísimas frases que tocan explícitamente la cuestión, sino acoger las explicitaciones de las enseñanzas del Señor en la subsecuente dogmática eclesial, en la doctrina de los Santos Padres y Doctores y en el Magisterio, en particular, por ejemplo, las enseñanzas del Concilio de Trento sobre el misterio de la Redención o sobre el mismo tema las del Catecismo de la Iglesia Católica.
----------El fin de la obra salvífica de Cristo es la liberación del pecado y del sufrimiento. Pero el medio es el mismo sufrimiento aceptado y vivido en espíritu de sacrificio por la salvación del prójimo. Es lo que Cristo llama "cruz": "si alguno quiere venir detrás de mí, que tome su cruz y me siga" (Mt 16,24).
----------Por otra parte, hay que tener presente que el acto decisivo con el cual Cristo ha obrado nuestra salvación, más allá de todos sus gestos de amor hacia todos, de su predicación y de sus milagros, ha sido su pasión. De ahí una paradoja de la ética cristiana, que, a diferencia de aquello que podría esperarse la simple ética natural, que se centra en la acción y que considera debilidad y fracaso el padecer, la ética cristiana concede suma importancia al padecer como testimonio del supremo amor e imitación del sacrificio redentor de Cristo.
----------De ahí la estima cristiana por el martirio y por la vida religiosa, en cuanto plenitud de la consagración bautismal, por la cual, "sepultados con Cristo" (cf. Rm 6,4 y Col 2,12), resucitamos con Él. De ahí el significado litúrgico de la vida cristiana, que saca su alimento de la celebración de la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de Cristo, por lo cual, como dice el Concilio Vaticano II, en la celebración eucarística "se actúa la obra de nuestra redención" (Constitución Sacrosanctum Concilium, n.1) y "la liturgia es la cumbre hacia la cual tiende la vida de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde brota toda su virtud" (Ibid., n.10).
----------Lo afirmado en estos pasajes del Concilio Vaticano II se refiere al hecho de que en la sagrada liturgia tenemos una pregustación o anticipo de la visión y de la alegría de los misterios escatológicos, pero también es necesario recordar que debemos poner absolutamente en práctica en la vida cotidiana cuanto hemos aprendido de la participación en la Santa Misa, para no ceder a la estéril hipocresía de detenerse en los bellos pensamientos, en los esteticismos farisaicos, y en las bellas palabras, sin pasar a los hechos.
----------La paradoja de la ética o moral cristiana es, por lo tanto, el amor por el sufrimiento; pero no por el sufrimiento como tal, cosa que sería morbosa y abominable, sino por el sufrimiento en cuanto precio y medio para seguir a Nuestro Señor Jesucristo. Por consiguiente, el cristiano no se limita a aceptar en este sentido y con este espíritu el sufrimiento cuando viene, sino que lo busca voluntaria y alegremente como ocasión para ofrecerse como víctima con Cristo por la salvación de sus hermanos.
----------La paradoja de la alegría cristiana es el regocijarse en el sufrir por la causa de Cristo, en el recibir insultos y humillaciones a causa de Cristo, en el padecer por el bien del prójimo, por el bien de la Iglesia y por el honor de Dios. En el cristiano, por supuesto, la naturaleza, que funciona normalmente, se rebela espontáneamente contra el sufrimiento. Así explicamos la angustia de Cristo en el huerto de Getsemaní. Una naturaleza que experimentara gusto en el sufrir o en el hacer sufrir sería monstruosa.
----------Jesús, como hombre normal y virtuoso, tenía una necesidad natural y del todo honesta de goce físico. Sin embargo, quiso obedecer al Padre para sacrificarse en la cruz por la salvación de la humanidad, y esto, no obstante la repugnancia de la naturaleza y los padecimientos sufridos, le procuró una íntima e inefable alegría, por lo cual Jesús incluso en la cruz gozó de la visión beatífica (así lo enseña el papa Pio XII en la encíclica Haurietis aquas de 1956, retomando la doctrina de santo Tomás de Aquino).
----------En este orden de ideas, el apóstol Santiago puede decir al inicio de su epístola: "Hermanos míos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada" (Stg 1,2).
----------Esta alegría en el sufrimiento, que es típica del cristiano, se puede explicar si tenemos presente que nuestra alma es espiritual, pero al mismo tiempo anima también las potencias sensitivas, las cuales tenemos en común con los animales. Se trata, por lo tanto, de dos planos vitales distintos. De ahí la posibilidad de que mientras nuestro cuerpo experimente dolor, sin embargo al mismo tiempo nuestro espíritu se regocije por el hecho de que se trata de un dolor motivado por el amor a Dios y a los hermanos.
----------La obediencia de Nuestro Señor Jesucristo al Padre, por lo tanto, nada tiene que ver con ciertas formas de sujeción fanática y autolesionista a un líder despótico, sujeción acrítica y supina, irrespetuosa de las exigencias del propio bienestar físico, como frecuentemente podemos notar en ciertas sectas religiosas fundamentalistas o incluso en células terroristas, en las cuales la idea del sacrificio está totalmente pervertida en una auto-anulación dirigida a la afirmación violenta y publicitaria de la secta religiosa.
----------El Padre celestial, por su parte, ciertamente quiere el sacrificio de su Hijo; pero esto no debe ser erróneamente interpretado, como algunos impíos malamente entienden, en el horrible y blasfemo sentido de que el Padre haya querido la muerte del Hijo por sí misma. Por el contrario, el Padre ha querido salvar a la humanidad por medio del Hijo. Esta ha sido la voluntad del Padre. Ha querido que el Hijo se ofreciera a sí mismo como "víctima de expiación" para la remisión de los pecados" (1 Jn 4,10).
----------Puesta esta voluntad y dado que la ofrenda victimal comporta o implica la muerte de la víctima, en tal sentido se puede decir, sin faltar el respeto al Padre, que indirectamente ha querido la muerte del Hijo. Razonar de manera diferente quiere decir confundir el sacrificar con el asesinar. Los impíos que piensan erróneamente que el Padre ha querido por sí misma la muerte de su Hijo, olvidan que el acto moral no está objetivamente calificado por la materia acerca de la cual opera o por su aspecto material, sino por la forma o contenido inteligible intencional del acto mismo, de lo contrario, con su razonamiento, sería necesario prohibir comer pollo o verduras para evitar la crueldad inherente al acto de matar el pollo o la verdura.
----------El riesgo de la formación cristiana de hoy, sobre todo de la formación en la vida religiosa, ya no es, generalmente, el de un mandar y de un obedecer en una atmósfera de morboso dolorismo o de indiscreta retórica victimista o sacrificial, sino que por el contrario, es precisamente el riesgo de malentender este tema, es decir, a causa de una interpretación incompleta, arbitraria y falaz del sacrificio de Cristo.
----------Entonces, respondamos según nuestra fe cristiana: ¿por qué el sufrimiento? Porque hemos pecado. ¿Por qué el sufrimiento? Para liberarnos del pecado. ¿Por qué el sufrimiento? Para liberarnos de los vicios y adquirir las virtudes. ¿Por qué el sufrimiento? Para conducirnos al paraíso del cielo. ¿Por qué el sufrimiento? Porque queremos amar a Dios y al prójimo como Nuestro Señor Jesucristo ha amado.
----------Por tanto, Jesús nos ha hecho comprender que el Padre ha sacado del pecado un bien mayor que el que poseíamos antes del pecado. Nos ha revelado que el Padre, aún no teniendo culpa del pecado, ha querido que existiera el pecado. En efecto, si no hubiera querido, el pecado no habría existido. Jesús nos ha revelado acerca del mal los "por qué" que nosotros no hubiéramos conocido nunca jamás, si Él no nos los hubiera revelado.
----------Pero existe, sin embargo, el por qué más profundo y último, un por qué de los por qué, que sin embargo, Nuestro Señor Jesucristo no nos ha revelado, porque pertenece de tal manera a la íntima decisión del Padre, que, aunque nos lo hubiera revelado, no lo hubiéramos entendido. Y la pregunta tremenda es esta: ¿por qué el Padre ha querido el pecado, cuando incluso sin el pecado, si Él lo hubiera querido, el hombre habría podido igualmente alcanzar directamente, sin pasar por el pecado, la misma gloria celestial, que alcanza ahora en la suposición del pecado?
----------No lo sabemos y no podemos saberlo. Pero, como Job, fiémonos del Padre. Él nos ha dado en su Hijo la máxima prueba de su amor por nosotros, y por consiguiente renunciamos a querer saber lo que está mucho más allá de nuestra pequeña comprensión. Contentémonos con cuanto nos ha revelado el Hijo, que se presta a ser indagado en un progreso que perdurará por la eternidad. Por eso es bueno seguir la advertencia de Dante: "Seres humanos, contentaos con lo que los efectos os demuestran; pues si os fuera dable verlo todo, no habría sido necesario que pariese María" (Purgatorio, Canto III v.37).
----------En conclusión, podemos decir que, en este orden de ideas, más allá de todas las cosas preciosísimas que Nuestro Señor Jesucristo nos ha revelado con su palabra, con su vida, y con su pasión, muerte y resurrección sobre el por qué del sufrimiento, siempre sigue siendo cierto que, como bien dice el papa Francisco: "El por qué del sufrimiento es un misterio".
----------En la última nota de esta serie, mañana, brindaré algunas modestas sugerencias para la predicación, es decir, me referiré al modo como podríamos brindar de modo sencillo y comprensible estas verdades de nuestra fe a la comprensión de los más simples fieles, sufrientes hoy también en la actual pandemia.

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