viernes, 5 de julio de 2024

Sobre la interpretación del Concilio Vaticano II (2/3)

Habiendo ya indicado que existen tres interpretaciones del Concilio Vaticano II, examinaremos hoy sumariamente la interpretación que los lefebvrianos le dan al Concilio, para luego pasar a considerar la interpretación que del Concilio dan los modernistas, particularmente lo rahnerianos. Entrambas, la lefebvriana, y la modernista, son falsas interpretaciones del Vaticano II. En uno como en otro caso, se interpreta mal al Concilio, casi como si el Concilio fuera connivente con el neomodernismo. Aquí está todo el nudo de la cuestión. Es necesario y urgente, como nos dicen los Papas desde hace sesenta años, interpretar rectamente el Concilio, no a la manera de los modernistas y de los lefebvrianos, sino como lo entiende el Magisterio, el cual se ha expresado de muchos modos, ya sea condenando expresiones equivocadas, ya sea dándonos preciosas indicaciones hermenéuticas contenidas en numerosos documentos, comenzando por el Catecismo de la Iglesia Católica o por el Código de Derecho Canónico o por el comentario al Credo de san Paulo VI o por la Catequesis sobre el Credo de san Juan Pablo II. [En la imagen: varios sacerdotes de diferentes ritos e iglesias cristianas asistentes al Concilio Vaticano II charlan en la Plaza de San Pedro, fuera de sesión conciliar].

La interpretación lefebvriana
   
----------Antes de pasar a desarrollar la interpretación lefebvriana de las doctrinas del Concilio Vaticano II, es útil considerar, aunque sea de manera breve, la cuestión de los términos y apelativos usados. Ya he dicho repetidas veces que en mis publicaciones suelo usar de modo genérico la expresión "lefebvriano", más o menos como suelo usar también de modo genérico la expresión "luterano", sin excluir que en ambos casos se hagan referencias a posturas que, específicamente y formalmente o institucionalmente, no son ni lefebvrianas ni luteranas, pero que se refieren, como a su raíz ideológica, a Lefebvre o a Lutero.
----------Pues bien, habiendo dicho eso, es sabido que existen diferentes corrientes de oposición a las doctrinas del Concilio Vaticano II en nombre de la Tradición, las cuales, aunque declarándose y queriendo ser católicas, están más o menos alejadas de una plena comunión con la Iglesia. De tal modo, se va desde las formas más extremas de los así llamados "sedevacantistas", los cuales rechazan la autoridad de los Papas a partir de san Juan XXIII, o desde las formas más mitigadas, las cuales, aceptando la validez del Concilio y la legitimidad de los Papas del post-concilio, consideran sin embargo que las doctrinas nuevas del Concilio estén en contradicción con la Tradición o hayan cambiado la esencia de la Iglesia.
----------Entre estas últimas creo que se pueda enumerar la posición de Romano Amerio, católico por otra parte doctísimo y fiel al dato inmutable del dogma. Precisamente sobre Amerio, recuerdo que en 2007 se organizó un Congreso, en Ancona, cuyas actas luego fueron publicadas por Fede & Cultura en 2008 bajo el título Romano Amerio, il Vaticano II e le variazioni della Chiesa cattolica en el XX secolo, a cargo de Associazione Culturale "Centro Studi Oriente Occidente" de Ancona.
----------En este artículo, entre todos los términos indicados (pasadistas, indietristas, restauracionistas, integristas, fundamentalistas, lefebvrianos, filolefebvrianos, etc.) he elegido la denominación de la corriente lefebvriana, porque se trata de la más conocida, la más digna de ser tomada en consideración, la cual por tanto constituye casi un símbolo de todas las corrientes llamadas ultra-tradicionalistas (no sanamente tradicionalistas). Por otra parte, con las otras, la Fraternidad San Pío X no está y no debe ser confundida. Es sabido como es sólo con los lefebvrianos que estuvieron en desarrollo hasta hace alrededor de diez años tratativas en las que la Santa Sede había puesto muchas esperanzas en tiempos de Benedicto XVI, para que pudieran conducir a la FSSPX a una plena comunión con la Iglesia, por todos deseada (a excepción, claro, de los modernistas). Lamentablemente tales tratativas no llegaron a nada, debido a la obstinación de los cismáticos en sus errores, al no querer acoger las nuevas doctrinas del Concilio Vaticano II, como se lo pidiera el papa Ratzinger.
----------Los lefebvrianos son generalmente de formación escolástica pre-conciliar, admiradores de santo Tomás de Aquino, pero en el estilo de seguirlo literalmente, estilo repetitivo y excesivamente polémico, ignaro de los valores de la modernidad, cerrado a lo nuevo, propio del tomismo pre-conciliar. Ellos son expertos en el lenguaje escolástico, pero reacios a acoger el lenguaje moderno, el cual, presente en el Concilio, es según ellos fuente de equívocos si no precisamente connivente con el modernismo.
----------Formados en una filosofía realista, gracias a la cual tienen clara la idea de la verdad como dependencia del pensamiento respecto del ser, así como la idea de la objetividad y la universalidad del conocimiento y por tanto de la ley moral, ellos saben bien que los dogmas en cuanto formulaciones conceptuales son inmutables. Sin embargo, tienen dificultades para comprender la verdadera naturaleza del progreso dogmático, confundiéndolo con la concepción modernista. De aquí su dificultad para apreciar las novedades doctrinales del Concilio Vaticano II. No saben tampoco entender el desarrollo de la Tradición, por lo cual no ven en el Concilio un estadio más avanzado de la Tradición respecto a la Tradición precedente.
----------Los lefebvrianos no están actualizados sobre los valores de la filosofía y de la cultura moderna, asumidos por el Concilio, por lo cual no llegan a apreciar el principio de la libertad de conciencia y de religión, la unidad psicofísica de la persona, la igual dignidad del hombre y de la mujer en la recíproca complementariedad, el valor de la pluralidad de las culturas y la integración del Occidente con el Oriente.
----------Los lefebvrianos aprecian indudablemente los valores de la divina Revelación, de la liturgia, de la plegaria, de la espiritualidad, de la santidad, de las virtudes cristianas, pero en formas obsoletas y superadas por las actuales indicaciones de la Iglesia y por la santidad moderna. Están muy convencidos del primado del catolicismo sobre las otras religiones, pero tienden a ver en ellas sólo los errores y a tratar a sus fieles con hipócrita dureza farisaica, escépticos respecto al diálogo con ellos y sobre la posibilidad de su conversión y ante todo los ven como enemigos a mantener alejados y de los cuales defenderse.
----------Saben bien que nadie se salva fuera de la Iglesia católica, pero tienen dificultades para comprender cómo puedan salvarse aquellos que no la conocen o viven fuera de sus confines visibles.
----------Saben que la Iglesia de Cristo es la Iglesia católica, pero los lefebvrianos no llegan a ver cómo puedan existir elementos de salvación también en otras Iglesias y formaciones cristianas que no poseen la plenitud de esa verdad divina que sólo la Iglesia católica posee.
----------Saben bien que los cristianos no-católicos son, siempre de variado modo y en variada medida, acaso inconscientemente, víctimas del cisma y de la herejía, pero no saben reconocer cuáles y cuántas verdades salvíficas ellos sin embargo poseen y que de por sí estas verdades son medios de salvación.
----------Saben bien que un Dios Uno y Único, Infinito y Eterno, Sapiente y Omnipotente, Justo y Misericordioso, es el Creador del cielo y de la tierra, pero no saben ver que cristianos, judíos y musulmanes, son las tres religiones monoteístas que adoran al mismo Dios, aunque sólo los cristianos posean por gracia y sin méritos, la plenitud del conocimiento de Dios como Santísima Trinidad.
----------Saben también los lefebvrianos que el fin de la Iglesia es superior al fin del Estado, pero no saben comprender el concepto moderno, recibido por el Concilio, de la laicidad del Estado, concepto que tiene sus albores en el mismo Evangelio y en la doctrina de santo Tomás de Aquino.
----------Los lefebvrianos aceptan el primado pontificio y el dogma de la infalibilidad del Papa y del Magisterio de la Iglesia, pero sólo hasta el Concilio Vaticano II, al cual excluyen del Magisterio vinculante, y a cuyos documentos, de hecho, desprecian. Según ellos, desde este Concilio en adelante la infalibilidad ha dejado de ejercerse, y por ende ni las doctrinas del Concilio son infalibles, ni en consecuencia es infalible la autenticación que a ellas han dado los Papas del Concilio y del post-concilio.
----------Una extraña contradicción, escondida por otra parte en el hecho de que efectivamente el Concilio no ha proclamado nuevos dogmas, pero olvidando, como veremos, que la infalibilidad del Magisterio no concierne sólo a la proclamación de nuevos dogmas solemnemente declarados como tales, sino también a las nuevas doctrinas proclamadas por el Magisterio ordinario, como es el de un Concilio Ecuménico, en materia de fe o conexa a la fe, como es precisamente el caso del Concilio Vaticano II.
   
La interpretación modernista
   
----------La interpretación modernista es, entre las corrientes rebeldes al Magisterio de la Iglesia, la más influyente y más dañosa, precisamente porque ha alcanzado a insertarse en ambientes del mismo Magisterio, sobre todo episcopal, pero no excluido el colegio cardenalicio. La interpretación modernista se ha difundido muy rápido también entre las órdenes religiosas tradicionales, como los Jesuitas, los Dominicos y los Franciscanos, cada una de las cuales ha tenido, por así decirlo, su abanderado: los jesuitas a Karl Rahner; los dominicos a Edward Schillebeeckx, y los franciscanos a Leonardo Boff.
----------Por cuanto respecta a los jesuitas, existen óptimos estudios que describen la gravedad de su rebelión contra el Sumo Pontífice. Es conocido el libro del ex jesuita Malachi Martin, Los Jesuitas. Pero también viene muy a propósito mencionar el libro del jesuita Antonio Caruso, Tra squallori e grandezze (Edizioni VivereIn, Monopoli, 2008). Un ejemplo, aunque no demasiado radical, de este tipo de interpretación lo da el libro de Gerardo Luigi Cardaropoli, Vaticano II. L’evento i documenti le interpretazioni (EDB, Bologna 2002), donde la mencionada interpretación aparece en el desprecio con el que este autor considera el magisterio de Pío XII y a quienes en el Concilio le fueron fieles, a quienes llama "conservadores".
----------El mismo papa san Paulo VI, en un discurso del 19 de enero de 1972, definió la crisis doctrinal post-conciliar como un retorno de modernismo. Sus palabras en aquella ocasión fueron las siguientes: "Nuestra doctrina se separa de aquellos errores que han circulado y todavía afloran en la cultura de nuestro tiempo, y que podrían arruinar totalmente nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. El modernismo representa la expresión característica de estos errores, y bajo otros nombres es todavía de actualidad".
----------Los modernistas, quienes contaban ocultamente entre sus filas a algunos teólogos que actuaron como peritos del Concilio, están convencidos de haber sido ellos los que han guiado (con la asistencia del Espíritu Santo) las labores del Vaticano II. Por eso consideran determinante su interpretación, la cual subyace o se fundamenta sobre una gnoseología no realista, sino relativista e historicista, para la cual la inteligencia está totalmente inmersa en el devenir histórico y en la pluralidad de las culturas, y es relativa a ellas, hasta el punto de no poder trascenderlas en un saber estable, cierto y universal.
----------Esto conduce como consecuencia a que los mismos conceptos dogmáticos son mutables y deben ser adaptados, como "modelos interpretativos", al evolucionar de los tiempos y a la variedad de las culturas. El progreso dogmático, en esta visual, no sucede por tanto según el desarrollo homogéneo de verdades que vienen a ser mejor conocidas manteniendo idéntico e inmutable su significado, sino por rupturas y contradicciones sin que nunca  llegue a alcanzarse un resultado definitivo e indiscutible.
----------Por consiguiente, los modernistas interpretan las doctrinas contenidas en los textos finales del Concilio Vaticano II según este presupuesto gnoseológico, por lo que, si por una parte consideran las doctrinas conciliares como más avanzadas respecto a las del precedente magisterio, por otra ellos entienden este progreso como ruptura y negación del pasado, pero al mismo tiempo se reservan ellos mismos el derecho de proponer doctrinas más avanzadas que las del mismo Concilio y en contradicción con ellas, siempre en virtud de su concepto de progreso como ruptura y no como desarrollo.
----------Desconfiados y relativistas como son acerca del valor de los conceptos, los modernistas, como por ejemplo la Escuela de Bologna, dirigida por Giuseppe Alberigo, privilegian el acontecimiento y el desarrollo de las labores conciliares respecto a las conclusiones doctrinales, interpretando éstas a la luz de aquellos, y no hacen, como se debería, lo inverso, dado que es obvio que en el Concilio se ha trabajado para llegar a los documentos finales, y no son éstos un simple derivado secundario de las labores o de los acontecimientos como actos principales del Concilio, por lo cual es a la luz de los documentos finales que se debería juzgar e interpretar el Concilio. El privilegiar el acontecimiento respecto a la doctrina (error también de Roberto de Mattei) significa aplicar el falso esquema rahneriano del primado de la experiencia atemática sobre la formulación conceptual, un error que ya había sido condenado por san Pío X en la Pascendi.
----------Los modernistas no tienen en cuenta, por otra parte la interpretación que del Concilio da el magisterio post-conciliar: o lo interpretan en sentido modernista o lo ignoran o lo rechazan como errado o como retorno al pre-concilio. A lo sumo captan sólo las doctrinas innovativas pasando por alto aquellas que confirman las doctrinas tradicionales. Al retomar las doctrinas tradicionales, ellos caen en posiciones sincretistas, mezclándolas con otras ideas deducidas de otras culturas o religiones incompatibles con el cristianismo.
----------No tienen en cuenta la prudencia y el discernimiento con los cuales el Concilio se abre a la modernidad quedando sin embargo el Concilio inmune de la asunción de los errores de la modernidad, sino que los modernistas, privados como están de sentido crítico y creyendo ser "modernos", asumen todo lo moderno sin ningún discernimiento dejándose influenciar también por los errores. Ignoran o malinterpretan la directriz conciliar de asumir el pensamiento de santo Tomás de Aquino como guía y modelo para los estudios, pero, si lo toman en consideración, falsifican el pensamiento del Aquinate, homologándolo a cualquier sistema filosófico moderno, como el racionalismo, el idealismo, o el existencialismo.
   
El modernismo rahneriano
   
----------La bibliografía sobre este tema, que ha ido acumulándose en el curso de estos últimos sesenta años, es actualmente muy rica, sobre todo en lo referente a la crítica sobre las obras de Karl Rahner. Al respecto, Rahner no es el intérprete del Concilio Vaticano II, como creen lefebvrianos y modernistas, sino su falsificador, "depravator potius quam commentator", como decía santo Tomás de Aquino del comentario de Averroes a la Metafísica de Aristóteles. El Concilio Vaticano II sostiene la recta doctrina (¿y cómo podría no hacerlo?), Rahner es un hereje. Lo que se puede desear y esperar es que venga publicado un estudio crítico completo sobre Rahner, que muestre con suficiente evidencia sus errores.
----------La interpretación modernista que mayormente ha hecho pie y la más difícil de corregir por su aparente seriedad y autoridad es aquella avalada por el casi inextirpable prejuicio según el cual las doctrinas del Concilio Vaticano II habrían sido influenciadas por el pensamiento de ese famoso teólogo alemán, el cual, como es sabido, ha sido efectivamente perito durante el desarrollo del Concilio y le ha dado una contribución positiva, pero sería absurdo pensar que el Concilio haya sido influenciado por sus errores.
----------Por eso, desde hace sesenta años una multitud de estudiosos católicos italianos y extranjeros -comenzaron sobre todo los alemanes- ha venido demostrando que ello no corresponde a la verdad. Y aún así Rahner, que de su parte tiene a su vez un conjunto de válidos e ilustres teólogos, sigue siendo considerado en el sentido antes mencionado por muchos ambientes eclesiales. Sin embargo, los críticos de Rahner están aumentando su prestigio, mientras que sus partidarios prefieren encerrarse en el silencio, en la incapacidad de responder a las críticas puntuales y fundadas que a ellos les son dirigidas.
----------En particular, hoy aparecen cada vez más evidentes, como demuestran los críticos, las consecuencias morales de las ideas rahnerianas, las cuales causan desequilibrio y ruina en los diferentes ámbitos del actuar moral público y privado, civil y eclesial, político y religioso, local e internacional.
----------Lo verdaderamente curioso es que la mencionada tesis de la influencia rahneriana sobre el Concilio es compartida por dos corrientes católicas que se encuentran en las antípodas entre sí: aquella que se expresa en la conocidísima y prestigiosa revista de los Jesuitas "La Civiltà Cattolica", de orientación marcadamente progresista, y aquella corriente que encuentra una de sus expresiones más conocidas en el periódico "Si Si No No", expresión pequeña pero mordaz del variado mundillo filolefebvriano.
----------Pues bien, es fácil constatar esta coincidencia, porque mientras por una parte el periódico filolefebvriano ha hecho en años recientes varias recensiones de libros críticos a Rahner aprobando por una parte tal crítica, por otra, la "Civiltà Cattolica" ha venido sosteniendo que Rahner no es un "traidor" sino un mentor del Concilio, incluso definiendo a Rahner como "ícono del Concilio". Aquí tenemos la medida de cuán vasta y enraizada sea la convicción de que Karl Rahner haya influenciado al Concilio Vaticano II, como sostienen los lefebvrianos, o se trate de exaltar a Rahner y al Concilio, como hace la revista de los jesuitas.
----------De cualquier modo, sea en uno como en otro caso, se interpreta mal al Concilio, casi como si el Concilio fuera connivente con el neomodernismo, al cual antes he hecho referencia y del cual Rahner es quizás el máximo exponente actual. Aquí está todo el nudo de la cuestión. Es necesario, urgentemente, como nos dicen los Papas desde hace sesenta años, interpretar rectamente el Concilio, no a la manera de los modernistas, sino como lo entiende el Magisterio, el cual se ha expresado de muchos modos, ya sea condenando las expresiones equivocadas, ya sea dándonos preciosas indicaciones hermenéuticas contenidas en numerosos documentos, comenzando por el Catecismo de la Iglesia Católica o por el nuevo Código de Derecho Canónico o por el comentario al Credo de san Paulo VI o por la Catequesis sobre el Credo de san Juan Pablo II.

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