Propongo esta vez al lector una nueva reflexión acerca del actualísimo tema de la sinodalidad en la Iglesia, que ha vuelto a ser puesto en el foco de nuestra atención por el papa León. En esta publicación me concentro en una evaluación crítica de las objeciones del padre Javier Olivera Ravasi contra el itinerario sinodal promovido por la Santa Sede, a la luz del magisterio reciente y de la doctrina de la comunión eclesial. [En la imagen: fragmento de "Der Gang nach Emmaus", óleo sobre lienzo, ca. 1877, obra de Robert Zünd, que pertenece a una colección privada; exhibido en el Kunstmuseum Luzern, St. Gallen, Suiza].
“El Espíritu Santo guía a la Iglesia en su camino a través del tiempo,
y lo hace también por medio de los pastores que la conducen
en comunión con el Sucesor de Pedro.” (Papa León XIV)
Para comprender el alcance de una crítica
----------Desde hace varios años, la Iglesia católica ha venido recorriendo un itinerario sinodal que, lejos de ser una novedad improvisada, hunde sus raíces en el Concilio Vaticano II y ha sido reafirmado por los últimos pontífices como expresión concreta de la comunión eclesial. Este camino, que tuvo un momento culminante en la celebración del Sínodo de la Sinodalidad (2023–2024), ha sido recientemente confirmado en su continuidad por el papa León, quien lo ha descrito como “una actitud que ayuda a la Iglesia a ser más fiel a su misión”.
----------Sin embargo, no han faltado en estos años voces críticas que, desde una preocupación legítima por la fidelidad doctrinal, han expresado reservas o incluso rechazo frontal a este proceso. Entre ellas, destaca la del padre Javier Olivera Ravasi, sacerdote argentino y autor del blog Que no te la cuenten, quien ha dedicado varios artículos y videos a cuestionar el itinerario sinodal promovido por la Santa Sede.
----------El propósito de este mi artículo no es polemizar, sino el ofrecer a los lectores una evaluación crítica y documentada de las intervenciones del padre Olivera Ravasi sobre este tema, contrastándolas con el Magisterio reciente y con una comprensión católica de la sinodalidad. No se trata de defender acríticamente todo lo que se ha dicho o hecho en nombre del Sínodo de la Sinodalidad, sino de discernir con fidelidad y caridad qué es lo que corresponde al sensus Ecclesiae y qué puede desfigurarlo.
----------Examinar críticamente la posición del padre Olivera Ravasi respecto del itinerario sinodal propuesto por la Iglesia puede ofrecernos una doble oportunidad de acceso a la verdad: por un lado, el reconocer con mayor claridad las objeciones y malentendidos que subyacen a su crítica, y por otro, profundizar en la comprensión del carácter verdaderamente sinodal de la vida eclesial, no como mera estrategia pastoral, sino como expresión genuina de la comunión que la Iglesia está llamada a vivir y manifestar.
Una crítica sistemática al proceso sinodal universal
----------El padre Javier Olivera Ravasi ha expresado en diversas ocasiones su desacuerdo con el itinerario sinodal promovido por la Santa Sede desde el pontificado del papa Francisco. Aunque su crítica se presenta como defensa de la ortodoxia católica, su tono y sus argumentos tienden a descalificar el proceso promovido por la Sede Apostólica en su conjunto, incluso cuando este itinerario ha sido confirmado por el actual papa León como expresión legítima del Magisterio ordinario. A continuación, presento algunas de las intervenciones más representativas del padre Olivera, con sus respectivas fuentes y fechas.
----------En su extenso video El Sínodo de la Sinodalidad, publicado el 13 de octubre de 2023, Olivera analiza críticamente el Instrumentum Laboris del Sínodo a la luz del libro El proceso sinodal: una caja de Pandora, de José Antonio Ureta y Julio Loredo de Izcue (ambos estrechamente vinculados con la corriente católica representada por Tradición, Familia y Propiedad, una organización del extremo tradicionalismo). La expresión “caja de Pandora” no es suya, pero Olivera la adopta como marco interpretativo y la difunde con aprobación, presentando el proceso sinodal como una apertura peligrosa a ambigüedades doctrinales.
----------He aquí algunas afirmaciones destacadas de Olivera en este vídeo: “Este documento no tiene claridad doctrinal. Está lleno de ambigüedades que pueden ser interpretadas de mil maneras. ¿Es esto lo que quiere el Espíritu Santo para su Iglesia?”. “Se habla de ‘escucha’, de ‘inclusión’, de ‘caminar juntos’, pero ¿dónde está la verdad revelada? ¿Dónde está la enseñanza clara de Cristo?”. “Esto no es sinodalidad en el sentido católico tradicional. Esto es sinodalismo: una democratización eclesial que pone en riesgo la estructura jerárquica instituida por Cristo.” Estas expresiones no solo cuestionan el contenido del documento preparatorio, sino que sugieren que el proceso mismo está viciado en su raíz.
----------En su artículo Del sínodo alemán al cisma alemán, publicado el 1 de junio de 2025, aunque centrado en el Camino Sinodal Alemán, Olivera Ravasi extiende su crítica al proceso sinodal universal en la Iglesia, y afirma: “Este camino no es un fenómeno aislado, sino la cristalización de un proceso iniciado tras el Concilio Vaticano II.” “Se observa una creciente hostilidad hacia el clero, alimentada por un sentimiento anticlerical que se ha vuelto estructural en varias diócesis. [...] Se favorece una eclesiología horizontalista y tendencialmente protestantizada que contradice la Tradición Católica.”
----------Estas afirmaciones, aunque dirigidas específicamente al caso alemán, se enmarcan en una lectura crítica del postconcilio que Olivera ha expresado en otros lugares. Si bien en este artículo no menciona directamente el itinerario sinodal promovido por Roma, su diagnóstico sobre una “eclesiología horizontalista y tendencialmente protestantizada” sugiere una preocupación más amplia que convendría interpretar con cautela.
----------En múltiples intervenciones más breves -como ha sido frecuentemente el caso de publicaciones en redes sociales, entrevistas informales o comentarios en video- el padre Olivera Ravasi ha reiterado su desconfianza hacia el proceso sinodal, refiriéndose a él como “una estrategia para diluir la doctrina bajo el pretexto de la escucha” o como “una pastoral de la confusión”. Aunque estas expresiones no siempre están documentadas en formato académico, forman parte del ecosistema discursivo que rodea la figura pública de este polémico sacerdote argentino, y que influye en la recepción del proceso sinodal entre muchos fieles. Por ello, merecen ser consideradas en un análisis pastoral más amplio.
----------A modo de evaluación preliminar de lo que llevamos exponiendo hasta aquí, digamos que todas estas intervenciones del padre Olivera Ravasi revelan una hermenéutica de la sospecha que tiende a interpretar el proceso sinodal como una amenaza más que como una oportunidad. Si bien es legítimo plantear objeciones puntuales o advertir sobre posibles desviaciones, su enfoque generalizado y su lenguaje combativo corren el riesgo de deslegitimar un proceso eclesial aprobado por el Papa y por el Colegio Episcopal; de fomentar una actitud de desconfianza sistemática hacia el Magisterio ordinario, y finalmente, de reducir la sinodalidad a una caricatura ideológica, sin reconocer su fundamento teológico y su potencial pastoral.
Reflexión teológica y discernimiento eclesial
----------Frente a las críticas del padre Olivera al itinerario sinodal promovido por la Santa Sede, es necesario ejercer un discernimiento teológico que distinga entre preocupaciones legítimas y excesos que pueden dañar la comunión eclesial. Este discernimiento no parte de una defensa acrítica del proceso sinodal, sino de una comprensión profunda de su naturaleza, sus fundamentos y su orientación magisterial.
----------En primer lugar, debemos tener presente que la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia. Según el documento de la Comisión Teológica Internacional La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia del 2018, la sinodalidad no es una moda ni una estrategia pastoral, sino una dimensión constitutiva del ser eclesial: “La sinodalidad designa el modus vivendi et operandi específico de la Iglesia como Pueblo de Dios que manifiesta y realiza concretamente su ser comunión al caminar juntos, al reunirse en asamblea y al participar activamente todos sus miembros en su misión evangelizadora.” (n.6). Hace tiempo que esta dimensión eclesial sinodal es bien conocida en la Iglesia. Por lo tanto, el descalificar el proceso sinodal en su conjunto, tal como hace el padre Olivera Ravasi al calificar a este itinerario de “democratización eclesial” o “pastoral de la confusión”, implica desconocer su fundamento teológico y su legitimidad eclesial.
----------En segundo lugar, debemos considerar el discernimiento como un verdadero arte espiritual y comunitario. Vale decir, la sinodalidad no sustituye a la autoridad magisterial, sino que la enriquece con la escucha del Pueblo de Dios, bajo la guía del Espíritu Santo. Como explica la Hna. Daniela Cannavina en el artículo La sinodalidad como método y acontecimiento: “El discernimiento es una disposición que guía la manera de vivir, un talante de vida que promueve la complicidad y armonía con el Espíritu. [...] No se trata solo de dialogar, sino de dejarse afectar por lo escuchado y de construir juntos decisiones inspiradas por el Espíritu.” (Observatorio Latinoamericano de la Sinodalidad, 2025). Reducir este proceso a una “ideología horizontalista”, como sugiere Olivera Ravasi, es ignorar su dimensión espiritual y su anclaje en la tradición eclesial.
----------En tercer lugar, es útil preguntarse: ¿Qué aspectos podemos reconocer como legítimos en la crítica que hace Olivera? A este propósito, es justo reconocer que Olivera expresa una preocupación válida por la claridad doctrinal, especialmente cuando ciertos sectores eclesiales promueven ambigüedades. Sin embargo, su crítica se vuelve problemática cuando descalifica el proceso sinodal en su conjunto, sin distinguir entre errores locales y el impulso legítimo del Papa, o cuando sospecha sistemáticamente del Magisterio ordinario, debilitando la confianza en la guía del Espíritu Santo, o cuando fomenta una actitud de resistencia más que de comunión, lo cual puede generar división y escándalo entre los fieles.
----------A modo de conclusión de lo que llevamos diciendo hasta este momento, debemos entonces tener presente que el discernimiento teológico exige humildad, fidelidad y apertura al Espíritu. Por supuesto, no se trata de callar ante los errores, pero se los debe corregir desde dentro, con caridad y obediencia, no desde afuera, que es donde se planta Olivera Ravasi. La sinodalidad, bien entendida, no es una amenaza para la fe, sino una oportunidad para renovarla desde su fuente: Cristo vivo en su Iglesia.
----------Como recientemente ha afirmado el papa León con claridad: “La sinodalidad es un estilo, una actitud que nos ayuda a ser Iglesia, promoviendo auténticas experiencias de participación y comunión.” (Discurso a la Secretaría General del Sínodo, 26 de junio de 2025).
----------Esta actitud no diluye la verdad, sino que la encarna en la vida concreta del Pueblo de Dios. No relativiza la doctrina, sino que la hace resonar en los corazones a través de la escucha, el discernimiento y la comunión. Por eso, frente a las sospechas y los temores como los de Olivera, el camino sinodal nos invita a confiar: el Espíritu Santo no abandona a la Iglesia cuando camina unida a Pedro. Y con esto toco un nervio sensible de Olivera, porque al haber seguido estos años su discurso tengo la firme convicción de que el núcleo de la postura problemática de Olivera es cómo él ha elaborado su ¿fe? en el lugar de Pedro en la Iglesia (pero esta cuestión tendré oportunidad de considerarla con detenimiento en una próxima publicación).
Brevísima conclusión pastoral
----------La sinodalidad no es una moda eclesial ni una estrategia de marketing pastoral. Es, en palabras del papa Francisco, “el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Y como todo camino auténticamente cristiano, no está exento de tensiones, incomprensiones y resistencias. Pero precisamente por eso, requiere de nosotros una actitud profundamente evangélica: discernimiento, fidelidad y comunión.
----------Las acerbas críticas del padre Javier Olivera Ravasi al itinerario sinodal impulsado por los Papas de nuestro tiempo, aunque nacidas seguramente de un sincero celo por la verdad, corren el riesgo de alimentar una espiritualidad de la sospecha que debilita la confianza en la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Cuando se descalifica globalmente un proceso eclesial aprobado por el Romano Pontífice y por el Colegio Episcopal, se deja de ejercer una corrección fraterna para caer en una lógica de oposición. Y esa lógica, aunque se revista de supuesta "ortodoxia católica", no edifica la comunión, sino que la erosiona.
----------La verdadera fidelidad a Pedro no consiste en vigilarlo desde fuera, sino en caminar con él, incluso cuando no comprendemos del todo el rumbo. Porque creemos que Cristo no abandona a su Iglesia, y que el Sucesor de Pedro -asistido por el Espíritu- no puede conducirla al error doctrinal. Esta confianza no es ingenuidad, sino fe en la promesa del Señor: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc 22,32).
----------Por eso, frente a este género de voces que siembran desconfianza, es útil reafirmar nuestra esperanza en que la sinodalidad, bien vivida, no es una amenaza, sino una gracia; es una invitación a escucharnos más profundamente, a discernir juntos, a dejarnos conducir por el Espíritu hacia la verdad plena. No se trata de diluir la doctrina, sino de encarnarla con mayor fidelidad en los desafíos del presente. No es extraño que este horizonte inquietante resulte difícil de aceptar para quienes habitan la burbuja del pasadismo, donde el discernimiento compartido se ve como amenaza y no como gracia.
----------Que Pedro y Pablo, testigos de la unidad en la diversidad, nos enseñen a corregirnos con caridad, a caminar con humildad y a creer, contra toda desesperanza, que el Señor sigue guiando a su Iglesia.
Fr Filemón de la Trinidad
Mendoza, 6 de julio de 2025
El padre Olivera Ravasi denuncia el proceso sinodal como una maniobra ideológica, pero en su afán por desenmascarar intenciones, termina ignorando el contenido teológico del proceso. ¿No es curioso que quien se presenta como defensor de la tradición parezca olvidar que el sensus fidei no es una concesión moderna, sino un principio eclesiológico con raíces profundas? Al final, su crítica corre el riesgo de convertirse en una caricatura del discernimiento.
ResponderEliminarSergio Villaflores (Valencia, España)
Caricatura del discernimiento", dice... Pero lo que hace Olivera Ravasi no es caricatura, sino cirugía teológica. Señala con precisión lo que muchos prefieren maquillar: que el proceso sinodal, bajo ropajes espirituales, esconde una ingeniería ideológica. Defender la tradición no es ignorar el sensus fidei, sino protegerlo de quienes lo manipulan como comodín doctrinal. ¡Basta de confundir profundidad con ambigüedad!
EliminarYo no soy teóloga, pero…
Eliminar…no puedo dejar pasar sin comentarios la defensa acrítica que hace el Anónimo del P. Olivera Ravasi. Como historiadora que ha dedicado buena parte de su vida a estudiar las formas de deliberación en la Iglesia, desde los sínodos carolingios hasta las asambleas de pastoral rural en la España del XIX, me preocupa profundamente que se confunda la legítima crítica con la descalificación sistemática.
El P. Ravasi habla de sinodalidad como una “ingeniería ideológica”. Tal afirmación, repetida por algunos sin matices, revela menos una preocupación doctrinal que una estrategia de contrarreacción. Porque si vamos a hablar de raíces teológicas e históricas, hablemos con seriedad.
El sensus fidei fidelium no es un invento posconciliar ni un comodín doctrinal, como bien dice el Anónimo, pero tampoco es propiedad exclusiva del clero tradicionalista. Ya en el siglo III, San Hipólito narraba cómo las comunidades discernían incluso la autenticidad de los escritos que luego formarían el canon. ¿No es eso ejercicio del sensus fidei? Y el Concilio de Jerusalén —permítanme recordar que es anterior a cualquier concilio ecuménico— implicó un debate abierto donde Pedro y Pablo no se lanzaban adjetivos, sino que escuchaban, discernían y decidían en comunión.
El P. Ravasi, en su afán por “desenmascarar” el proceso sinodal, olvida la dimensión mistagógica del discernimiento eclesial. Todo es sospecha. Todo es “ingeniería”. Pero ¿dónde está la confianza en el Espíritu que actúa también a través de procesos imperfectos? No niego que haya errores, pero tratar el camino sinodal como una estrategia encubierta es, en el mejor de los casos, un reduccionismo.
Y si me permiten un apunte más personal: he escuchado al P. Ravasi en una conferencia. Brillante, sin duda. Pero el brillo intelectual no sustituye el discernimiento pastoral. Y la ironía, aunque eficaz para redes, no siempre construye comunión.
La Iglesia —nos enseñaba el viejo Catequista Rural que aún tengo en mi estante— no se reforma por imposición, sino por gracia. El sensus fidei no es la trinchera donde atrincherarse, sino el terreno donde el Espíritu sigue sembrando.
Con respeto por quienes opinan distinto.
El comentario del Anónimo, en defensa del P. Olivera Ravasi, me parece representativo de una lógica que, bajo el pretexto de “desenmascarar ideologías”, termina clausurando el discernimiento eclesial. No es la primera vez que se confunde la crítica legítima con la descalificación sistemática, ni la fidelidad con la rigidez.
EliminarLa sinodalidad no es una concesión moderna, como bien se señala, pero tampoco es una amenaza a la tradición. Es, como ha recordado la Comisión Teológica Internacional, una dimensión constitutiva de la Iglesia. Desde el Concilio de Jerusalén hasta los sínodos diocesanos contemporáneos, la Iglesia ha caminado en clave sinodal, discerniendo en comunidad, bajo la guía del Espíritu. ¿Por qué entonces tratar este proceso como si fuera una infiltración ideológica?
El P. Ravasi no ignora el sensus fidei, pero lo reduce a una categoría funcional, subordinada a su marco interpretativo. El sensus fidei no es una herramienta para validar posiciones previas, sino una expresión viva de la fe del Pueblo de Dios, en comunión con el magisterio y en apertura al Espíritu. Y si hay errores en el proceso sinodal —que los hay— se corrigen desde la participación, no desde la sospecha.
La crítica del P. Ravasi, como la del Anónimo que lo defiende, incurre en una paradoja: denuncia la ideologización del proceso sinodal, pero lo hace desde una ideología reactiva, que absolutiza ciertas formas y desconfía de toda apertura. No se trata de relativizar la doctrina, sino de reconocer que la tradición es dinámica, y que la fidelidad exige escucha, no solo afirmación.
La Iglesia no necesita guardianes de la ortodoxia que hablen desde la trinchera, sino testigos que disciernan desde la comunión. Y si el proceso sinodal tiene límites —como toda realidad humana—, lo que se espera de quienes lo critican es que lo hagan con honestidad teológica, no con retórica de combate.
Estimado Anónimo: Llamar “cirugía teológica” a una crítica que omite el sensus fidei como principio eclesiológico no la hace más precisa, sino más parcial. El discernimiento auténtico no se mide por la contundencia de las denuncias, sino por su capacidad de integrar tradición, escucha y comunión. Defender la tradición no es blindarla contra el Espíritu, sino abrirla a su acción sin confundirla con ideología —ni de un lado ni del otro. Saludos,
EliminarSergio Villaflores (Valencia, España)
Estimado Sergio,
Eliminarle agradezco su intervención, tan aguda como respetuosa. Celebro que en medio de las tensiones que suscita el debate sobre el proceso sinodal, haya voces como la suya que invitan a mirar más allá de las intenciones atribuidas y a considerar el fondo teológico del asunto.
Coincido con usted en que el sensus fidei no es una novedad posconciliar, sino una categoría eclesiológica con raíces patrísticas y escolásticas. San Agustín de Hipona, por ejemplo, ya intuía que el pueblo de Dios, en su conjunto, no puede errar en la fe. Y santo Tomás de Aquino, con su habitual precisión, reconocía que el Espíritu Santo actúa no sólo en los pastores, sino también en los fieles. En ese sentido, reducir el proceso sinodal a una estrategia ideológica es, como bien señala usted, una forma de caricaturizar el discernimiento eclesial.
Sin embargo, también entiendo —sin compartir todo su discurso— la inquietud del padre Olivera Ravasi. En ciertos sectores, el lenguaje sinodal ha sido instrumentalizado para justificar rupturas doctrinales bajo el pretexto de escucha y apertura. El desafío, entonces, es doble: evitar tanto el rechazo sistemático como la adhesión acrítica. La tradición, cuando es viva, no se opone al discernimiento, sino que lo ilumina.
Le agradezco por su comentario, que me anima en mi compromiso de seguir cultivando un espacio como este blog, donde la crítica no excluya la comunión, y donde la fidelidad a la Iglesia no se confunda con la repetición mecánica de fórmulas, sino con la búsqueda humilde de la verdad que nos precede y nos excede.
Estimado Anónimo,
Eliminaragradezco su intervención, que expresa con fuerza una preocupación compartida por muchos: la posibilidad de que el proceso sinodal se convierta en vehículo de ambigüedad doctrinal. Es legítimo y necesario que la Tradición sea defendida con claridad, especialmente cuando se percibe que ciertos lenguajes eclesiales pueden prestarse a interpretaciones equívocas.
Sin embargo, me permito una matización. La cirugía teológica, cuando es auténtica, no sólo extirpa lo que considera nocivo, sino que también cuida de no dañar tejidos sanos. En este sentido, el sensus fidei —lejos de ser un comodín doctrinal— es una realidad viva que ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes. Ignorar su dimensión teológica, o reducirla a una estrategia ideológica, empobrece el discernimiento eclesial.
La profundidad no se opone a la claridad, pero tampoco se reduce a la contundencia. A veces, lo que parece ambigüedad es simplemente el intento de escuchar con paciencia lo que el Espíritu dice a las Iglesias (cf. Ap 2,7). Y esa escucha, aunque incómoda, forma parte del camino sinodal que el papa Francisco ha propuesto y que el papa León ha confirmado.
Defender la Tradición implica también reconocer que ésta no es un bloque monolítico, sino una corriente viva que se alimenta del Evangelio, de la comunión y del testimonio de los santos. En ese cauce, el discernimiento no es caricatura ni cirugía, sino arte espiritual.
Estimada Domna Mencía:
Eliminarsu comentario honra el tono que deseamos cultivar en este espacio: firmeza sin estridencia, profundidad sin arrogancia. Como historiadora, su mirada aporta una perspectiva que a menudo falta en los debates teológicos contemporáneos, donde la urgencia por posicionarse eclipsa el deseo de comprender.
La referencia al sensus fidei como terreno (y no trinchera) me parece particularmente luminosa. En efecto, la tradición eclesial nos enseña que el discernimiento no se agota en la denuncia, sino que se abre a la escucha, incluso cuando esta resulta incómoda. El Concilio de Jerusalén, como bien señala usted, no fue una pugna de egos, sino una búsqueda de comunión en medio de tensiones reales. ¿No es ese el modelo que deberíamos recuperar?
Comparto su inquietud ante el uso de la ironía como herramienta de crítica. Aunque puede ser eficaz en ciertos contextos, corre el riesgo de sustituir el diálogo por la descalificación. Y en la Iglesia, donde la comunión es más que una consigna, eso tiene consecuencias espirituales.
No se trata de negar que haya ideologías que instrumentalizan el lenguaje sinodal. Pero tampoco podemos permitir que la sospecha se convierta en método. La mistagogía del discernimiento -esa pedagogía del Espíritu que nos enseña a leer los signos con humildad- exige tiempo, paciencia y una disposición a ser sorprendidos por la gracia.
Gracias por recordarnos que la historia de la Iglesia no es una sucesión de rupturas, sino una trama de fidelidades, tensiones y reconciliaciones. Y que el sensus fidei, lejos de ser propiedad de unos pocos, es don compartido, sembrado en el corazón del Pueblo de Dios.
Estimado señor Mauro P.H.,
Eliminarsu intervención honra el espíritu de este espacio, donde la crítica puede convivir con la comunión, y donde la fidelidad a la tradición no excluye la apertura al discernimiento. Celebro especialmente su capacidad para articular una defensa del proceso sinodal sin caer en simplificaciones ni en polarizaciones.
La Comisión Teológica Internacional ha recordado, con razón, que la sinodalidad no es una invención reciente, sino una dimensión constitutiva de la Iglesia. Desde el Concilio de Jerusalén hasta las experiencias pastorales más humildes, el Pueblo de Dios ha caminado en clave de escucha, deliberación y comunión. Reducir ese camino a una “ingeniería ideológica” es, como usted señala, una forma de clausurar el discernimiento antes de que este pueda desplegarse.
Comparto su preocupación por el modo en que ciertas críticas, al denunciar ideologías, terminan operando desde marcos ideológicos igualmente rígidos. El sensus fidei, lejos de ser una herramienta funcional, es una expresión viva de la fe compartida, en comunión con el magisterio y bajo la acción del Espíritu. Ignorar esa dimensión es empobrecer la eclesiología.
La tradición, cuando es auténtica, no se petrifica en formas, sino que se deja interpelar por la historia sin perder su raíz evangélica. Por ello, la fidelidad no consiste en repetir, sino en discernir. Y ese discernimiento exige honestidad teológica, no retórica de combate.
Gracias por su aporte, que invita a pensar con serenidad y a dialogar con profundidad. Que el Espíritu siga suscitando en todos nosotros el deseo de caminar juntos, incluso en medio de las diferencias.
Estimado Sergio,
Eliminarrecibo con aprecio su comentario, que aporta una nota de sobriedad y hondura al intercambio que se ha suscitado en este hilo. En tiempos donde la crítica se expresa con frecuencia en clave de confrontación, resulta alentador encontrar una voz que recuerda que el discernimiento auténtico no se mide por la contundencia, sino por la capacidad de integrar tradición, escucha y comunión.
La imagen de una tradición “blindada contra el Espíritu” interpela profundamente. En efecto, la fidelidad a la Iglesia no consiste en atrincherarse en formas heredadas, sino en abrirse —con prudencia y reverencia— a la acción del Espíritu que sigue suscitando novedad desde la raíz evangélica. El sensus fidei, como usted bien señala, no es un recurso retórico ni una concesión moderna, sino una dimensión constitutiva de la vida eclesial, que exige ser reconocida y cultivada en comunión con el magisterio.
Coincido también en que la denuncia, cuando omite esta dimensión, corre el riesgo de convertirse en parcialidad teológica. La cirugía, si se me permite retomar la metáfora, no puede operar sin discernir con precisión qué tejidos son vitales. Y el sensus fidei, lejos de ser un apéndice, forma parte del organismo vivo de la Iglesia.
Gracias por su aporte, que invita a pensar con serenidad y a dialogar con profundidad. Que el Espíritu nos conceda la gracia de discernir sin temor, de escuchar sin prejuicio, y de caminar sin perder la comunión.
Mostrame los frutos del sínodo de la sinodalidad y hablamos
ResponderEliminarEstimado Anónimo: La invitación a “mostrar frutos” puede ser legítima si no se convierte en una exigencia reductiva. Algunos frutos del proceso sinodal —como la apertura a la escucha, la participación ampliada del Pueblo de Dios y el cultivo del discernimiento comunitario— ya están visibles en muchas diócesis y comunidades.
EliminarNo son espectaculares, pero quizás eso diga más sobre nuestra expectativa de éxito que sobre la lógica del Espíritu.
Saludos cordiales,
Sergio Villaflores (Valencia, España)
Estimado Anónimo,
Eliminarsu exigencia, aunque formulada con tono abrupto, plantea una cuestión legítima: ¿cuáles son los frutos del camino sinodal? Permítame, entonces, ofrecerle una respuesta que no pretende zanjar el debate, sino invitarle a usted a una mirada más amplia.
El Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad, aprobado por la Asamblea en octubre de 2024 y confirmado por el Santo Padre, recoge frutos concretos que ya comienzan a madurar en la vida de la Iglesia. Entre ellos, se destacan:
- Un renovado impulso misionero, centrado en la participación activa de todos los bautizados.
- La promoción de ministerios laicales y nuevas formas de corresponsabilidad.
- La inclusión de grupos históricamente marginados, como los pobres, los jóvenes y las mujeres, en los procesos de discernimiento y decisión.
- La consolidación de una cultura de protección para los más vulnerables.
- La revitalización de comunidades locales que han redescubierto el valor de la escucha y el diálogo como expresión de comunión.
Estos frutos no son espectaculares ni inmediatos, pero tampoco son inexistentes. Como toda semilla evangélica, requieren tiempo, cuidado y paciencia. El camino sinodal no es una estrategia de marketing, sino una forma de ser Iglesia que busca responder con fidelidad al Evangelio en medio de los desafíos contemporáneos.
Si desea hablar, como propone, quizás convenga hacerlo desde la escucha mutua y no desde la exigencia. Porque en la Iglesia, hablar no es imponer, sino compartir la búsqueda de la verdad que nos precede.
Estimado Sergio,
Eliminarcomparto en un todo su comentario, y le agradezco su voluntad de diálogo, puesta de manifiesto repetidas veces en este blog.
Gracias por su respuesta, padre.
EliminarEvidentemente formulé mal la pregunta. Cuando pregunté por los frutos me refería a los frutos buenos, no a los venenosos o insípidos.
El diálogo como ideología murió, gracias a Dios, el 6 de agosto de 1978.
EliminarDespués quedaron algunos intentos frustrados de revivirlo pero no tuvo más apoyo en ponerlo al nivel de fuente de la revelación.
Estimado Anónimo,
Eliminarlamento que los frutos que yo le he mencionado le parezcan a usted “venenosos o insípidos”. Intuyo que tal vez no compartamos usted y yo la misma sensibilidad espiritual ni la misma comprensión de lo que significa madurar en comunión eclesial católica.
Su juicio, formulado con tono irónico, no solo desestima lo que muchos hermanos han vivido con gozo y esperanza, sino que también sugiere una distancia respecto al discernimiento compartido en la Iglesia.
Le invito, entonces, a que si considera que hay frutos verdaderamente buenos que deberían haberse dado y no se han dado, los nombre y los proponga. Porque criticar sin ofrecer caminos alternativos suele empobrecer el diálogo.
En este blog seguimos abiertos a la conversación, siempre que se dé en un clima de respeto, fidelidad al Evangelio y sincera búsqueda de la verdad que nos precede.
Estimado Ricardo,
Eliminarsu comentario parece desestimar una de las enseñanzas más fecundas del Magisterio pontificio contemporáneo: el diálogo como expresión de la misión evangelizadora y misionera de la Iglesia.
El papa san Paulo VI, en su encíclica Ecclesiam Suam, no propuso el diálogo como ideología, sino como camino evangélico. Es Dios mismo quien inicia el diálogo de la salvación, y la Iglesia, como servidora de ese misterio, está llamada a continuar ese coloquio con la humanidad.
Decir que el diálogo “murió” el 6 de agosto de 1978, es desconocer que ese mismo día, Paulo VI entró en la plenitud de la vida, y que su legado —lejos de extinguirse— ha sido retomado por sus sucesores, desde san Juan Pablo II hasta el papa Francisco y el papa León, un diálogo que se expresa en lo que hoy se enseña como "sinodalidad", y que los Papas han seguido considerando una dimensión constitutiva de la Iglesia "en salida" como decía Francisco, es decir, una Iglesia evangelizadora y misionera, y no autorreferencial.
Si el diálogo se convierte en ideología, pierde su alma. Pero si se vive como encuentro, escucha y anuncio, entonces se convierte en camino de comunión y verdad.
Le invito, entonces, a reconsiderar su juicio, no desde la nostalgia de un modelo eclesial cerrado, ya superado, sino desde la fidelidad al Evangelio que nos llama a “dar razón de nuestra esperanza con mansedumbre y respeto” (1 Pe 3,15).
De los frutos que Ud enumera el único que tiene algo que ver con el mensaje de Jesucristo es el renovado espíritu misionero. Sin embargo un experto en misionología Johannes Dörmann escribió 4 volúmenes explicando que el diálogo destruyó las misiones. Específicamente desde la reunión de Asís de 1986.
ResponderEliminarEstimado Anónimo,
Eliminarle agradezco por su nueva intervención. Aunque el tono sigue siendo provocador, el argumento que plantea merece una respuesta seria, especialmente porque invoca la figura de Johannes Dörmann y su crítica al diálogo interreligioso, en particular desde el encuentro de Asís en 1986.
Ante todo, por cuanto respecto a Johannes Dörmann, él fue un teólogo y misionólogo alemán que, en sus obras -como El itinerario teológico de Juan Pablo II hacia la jornada mundial de oración de las religiones en Asís— expresó una profunda preocupación por lo que consideraba una deriva relativista en la Iglesia postconciliar. Su tesis central sostiene que el diálogo interreligioso, tal como se promovió desde Asís, debilitó la claridad del anuncio misionero y favoreció una visión sincretista de la fe.
Por cuanto respecta al diálogo y la misión, conviene sin embargo distinguir entre el diálogo que relativiza la verdad revelada y el diálogo que, desde la fidelidad al Evangelio, busca caminos de encuentro, respeto y testimonio. El papa san Juan Pablo II, anfitrión del encuentro de Asís, nunca renunció al mandato misionero de Cristo. Más bien, entendió que en un mundo marcado por el conflicto, la oración compartida -no conjunta- podía ser un signo profético de paz.
El Documento Dominus Iesus, del año 2000, promovido por la Congregación para la Doctrina de la Fe, reafirma con claridad la unicidad salvífica de Cristo y de la Iglesia, al tiempo que reconoce elementos de verdad en otras religiones. Es decir, la Iglesia no ha abandonado su misión, sino que ha buscado ejercerla con mayor humildad, respeto y conciencia de los signos de los tiempos.
Por cuanto respecta a los frutos del camino sinodal, si usted considera que el único fruto válido es el impulso misionero, le invito a reconocer que dicho impulso hoy exige formas nuevas: no sólo predicación, sino también escucha, acogida, testimonio encarnado. El diálogo, lejos de destruir la misión, puede ser su puerta de entrada en contextos donde la confrontación directa sería estéril o incluso violenta.
Para finalizar, entonces, una invitación. Le propongo que, en lugar de descalificar desde la ironía, profundicemos juntos en lo que significa evangelizar hoy. ¿Qué formas de misión considera usted fieles al Evangelio en el siglo XXI? ¿Qué frutos esperaría ver en una Iglesia que escucha, discierne y camina en comunión?
En este blog seguimos abiertos al diálogo -no al combate "contra-revolucionario" del que alardean algunos-, porque creemos que la verdad se defiende mejor cuando se comparte con caridad.