¿Puede la Iglesia seguir refugiándose en nostalgias de cristiandad perdida, cuando el mundo reclama testigos y no cruzados? ¿No es hora de distinguir entre tradición viva y pasadismo, entre fidelidad al Evangelio y fijación en lo muerto? ¿Qué sentido tiene venerar mártires inocentes si al mismo tiempo se legitima una intransigencia que niega toda razón al disidente? ¿Podrá el cristianismo español —y universal— transformar su memoria combativa en cultura de comunión, capaz de dialogar con la modernidad sin perder identidad? [En la imagen: fragmento de "La rendición de Granada", óleo sobre lienzo, 1882, obra de Francisco Pradilla y Ortiz, conservado y expuesto en la Sala de Conferencias o Salón de los Pasos Perdidos del Palacio del Senado, Madrid].
“No os conforméis a este mundo,
sino transformaos por la renovación de vuestra mente,
para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios,
lo bueno, lo agradable y lo perfecto” (Romanos 12,2)
El peso de una memoria combativa
----------Recientemente se ha conocido el Informe España 2025, elaborado por la Cátedra José María Martín Patino de la Universidad Pontificia Comillas, que advierte que nuestra madre patria vive aquello que han dado en llamar “la tercera gran oleada de secularización” desde comienzos del siglo XXI. Este estudio arroja cifras contundentes: el 60% de los jóvenes españoles se declara hoy sin religión, mientras que el conjunto de la población alcanza el 40%, triplicando los niveles registrados en el año 2000.
----------Más allá del valor científico-sociológico del informe y de la confianza que puedan inspirar sus métodos, estos datos no deberían sorprendernos en absoluto, dado que reflejan lo que cualquier observador atento percibe no sólo en España sino también en otros países otrora mayoritariamente católicos: una secularización acelerada que erosiona la transmisión de la fe.
----------Ahora bien, un dato que la historia, la sociología, especialmente ese particular ámbito de investigación que es la psicología social, deberían investigar en profundidad es si tal alejamiento social de la fe cristiana, si tal secularización progresiva, no se deba, y en qué medida, al resentimiento. De hecho, creo estar en condiciones de poder mostrar algunas evidencias de que parece ser hoy desgraciadamente el resentimiento, y ello particularmente en el caso de España, el que hace pasar a un joven de ser simplemente anticlerical a determinadamente anticatólico cuando no anticristiano. Pero no trataré sobre esta idea en el presente artículo, sino que sólo lo sugiero, para tratarlo en futuras publicaciones.
----------Pues bien, comencemos por notar que el caso de España —y ésta es precisamente la cuestión que abordaremos más específicamente en este artículo— presenta un rasgo singular, pues su historia está marcada desde hace siglos — se diría que al menos seis siglos— por una religiosidad de frontera, por una memoria combativa que ha configurado durante siglos la identidad nacional y eclesial, como enseguida recordaré y explicaré. Recordar esa historia es necesario, no para alimentar nostalgias pasadistas, sino para asumir nuestra cuota de responsabilidad, pues en España, en Argentina y en otros países culturalmente herederos del cristianismo español, los católicos hemos venido fracasando hasta la actualidad en la tarea de instaurar una cultura cristiana que, como es deber de todo bautizado consciente de vivir en su tiempo y no en otro, debe ser una cultura distinta de la medieval y lograda por métodos diferentes a los del Medioevo. Este fracaso, sin embargo, no debe paralizarnos, sino impulsarnos a buscar caminos nuevos.
----------La Iglesia —como los últimos Papas nos han venido reclamando de insistente y variado modo— no puede limitarse a lamentar la secularización ni a refugiarse en la nostalgia de la cristiandad perdida que, además, si nos referimos a la del Medioevo, es una cristiandad sacra de la que es necesario salir, ante todo intelectualmente. La Iglesia está llamada a discernir, en fidelidad al Evangelio, cómo la memoria histórica de una fe combativa puede y debe ser purificada y superada, para dar paso a una nueva cristiandad y, por ende, a una nueva evangelización que responda a los desafíos de una sociedad plural y secularizada.
----------La historia de España ha estado marcada por una religiosidad cristiana de frontera, un cristianismo de frontera, en el que la fe católica se vivió bajo el signo de la cruzada. Desde la Reconquista hasta la Contrarreforma, pasando por las guerras contra el liberalismo y las ideologías modernas, se configuró un imaginario en el que la defensa de la fe se confundía con la defensa de la nación. Este imaginario ha sido matriz de identidad, y lo sigue siendo para algunos. Pero la pregunta que hoy se impone es si esa memoria combativa puede seguir siendo recurso pedagógico para la Iglesia en una sociedad plural y secularizada.
Cristianismo de frontera
----------He recurrido en el párrafo anterior a la expresión “cristianismo de frontera”, y reconozco que es una noción que debe ser explicada. No se trata de un concepto técnico del Magisterio, sino de una categoría analítica que aparece en estudios historiográficos y en ciertos discursos teológicos, para interpretar contextos donde la fe cristiana se vive en contacto directo con otras culturas o religiones.
----------En el Medioevo y en la temprana Modernidad, el cristianismo de frontera se vinculaba con sociedades que convivían y combatían en territorios limítrofes, por ejemplo, la frontera castellano-granadina entre 1405 y 1492, donde cristianos y musulmanes compartían espacios de vida y de conflicto. También se aplica de modo general a toda la historia posterior de España, que desarrolló un catolicismo identitario y combativo frente al Islam, entendiendo la fe como frontera sacra ligada incluso a la esencia nacional.
----------Más allá de Europa occidental, encontramos experiencias semejantes en Europa oriental, vale decir, en Hungría, Croacia y de modo especial en Polonia, que vivieron un cristianismo de frontera frente al Imperio otomano. También en las misiones en Asia y África, con los jesuitas en China, India y Japón, o con los franciscanos en el norte de África. Tanto jesuitas como franciscanos vivieron un cristianismo de frontera en contacto con culturas no cristianas, aunque no siempre en clave combativa. En todos estos casos, la religión se convirtió en elemento de frontera cultural y política. También en América del Norte, en las reducciones jesuíticas en Canadá y las misiones franciscanas en California también fueron experiencias de frontera cultural y religiosa.
----------Más cercano a nosotros en el espacio-tiempo, en el siglo XX y en América Latina, el término reaparece en debates teológicos y filosóficos. Por ejemplo, la recepción que experimentó en los años treinta Jacques Maritain en Argentina, que se dio en un contexto donde se discutía entre un catolicismo de cruzada y un cristianismo más universal y dialogante. Allí se planteó la contraposición entre un cristianismo de frontera —combativo, identitario— y otro abierto a la misión en el mundo moderno.
----------Hoy se habla de cristianismo de frontera en sentido pastoral, o sea, en el ámbito de la teología pastoral, la cual, como sabemos, integra el campo de la moral. De este modo, se habla de la presencia de la Iglesia en ámbitos de pluralismo religioso, secularización, diálogo interreligioso, bioética, migraciones, etc. En este sentido, el término cristianismo de frontera se resignifica: ya no como frontera combativa, sino como frontera misionera, donde la fe se encuentra con culturas diversas y busca ser fermento de comunión.
----------De modo que debemos tener ante todo una distinción semántica clave, pues cristianismo de frontera puede significar dos cosas distintas. Por un lado, históricamente implicaba identidad combativa en territorios limítrofes (aunque, como veremos, esta significación no pertenece sólo al pasado, sino que hoy todavía existen grupos minoritarios que mantienen tal significación). Por otro lado, pastoralmente, en el presente, significa, para decirlo brevemente, “nueva evangelización”, en el sentido en que se han expresado los Papas recientes, desde san Juan Pablo II, vale decir, misión en contextos de pluralismo y secularización. Conviene subrayar esta distinción para evitar que el lector confunda el uso historiográfico con el uso pastoral actual.
El caso español
----------Como bien sabemos, España ha defendido durante siglos la frontera mediterránea de la catolicidad frente al Islam y, como señalaba en un artículo del 2011 el teólogo dominico padre Jean Miguel Garrigues, “es inevitable que uno reproduzca algún rasgo del enemigo contra el que lucha de manera prolongada” (Cahiers J.M., nº 63, pp. 34–55). Es necesario decir con franqueza que las cruzadas constituyeron una respuesta que frecuentemente, no en su todo, pero sí en muchos puntos, era una respuesta simétrica a la yihad, la guerra santa islámica. Por eso España, siendo país frontera del mundo cristiano frente al Islam, desarrolló una cristiandad a la vez identitaria y combativa, es decir, una cristiandad sacra, e íntimamente ligada a la esencia de la nación. Fue así que el catolicismo español se desarrolló, a lo largo de los siete siglos de la Reconquista, en un contexto de cruzada más o menos permanente, bajo el signo de Santiago Matamoros.
----------Una mirada a toda la historia de España hasta mediados del siglo XX, mirada que no por ser panorámica y rápida deja de ser cierta, nos indica que el catolicismo español, después de haber vencido a los musulmanes —tras la toma de Granada en 1492, cuando los Reyes Católicos culminaron la Reconquista con la rendición de Boabdil, último sultán nazarí— necesitó afirmarse contra otros infieles: los judíos y los protestantes.
----------Esto explica que el brillante humanismo cristiano, que brotaba en España al comienzo del Renacimiento (representado entre otros por Antonio de Nebrija, el cardenal Cisneros, fray Hernando de Talavera, Juan de Valdés y fray Luis de León), que fue un movimiento, fecundo en sus comienzos, se vio frenado hacia mediados del siglo XVI por la vigilancia inquisitorial y la sospecha sobre el erasmismo, y terminara abortando, de modo que la reforma católica comenzada acabara a mediados del siglo XVI en Contrarreforma. De modo que, pese a excepciones como la mencionada, el catolicismo español siguió siendo un cristianismo de cruzada, y con el correr de los siglos, la guerra santa se dirigió contra otros enemigos, por ejemplo contra el invasor napoleónico y los afrancesados, pero a continuación de manera más general contra los liberales, considerados como “heterodoxos”, y posteriormente contra la llamada “gente de izquierdas” en general. En este contexto, muchos intelectuales y gente ilustrada fueron percibidos como enemigos del catolicismo y por tanto de España. Dice con razón el padre Garrigues: «La defensa de la fe católica había constituido la matriz de la nación española. La Iglesia ha considerado siempre legítimo, incluso hasta nuestros días, representar la esencia de España y expresarla por encima de las opiniones de los españoles» (ibid.).
----------Garrigues llama a ésta una pretensión “esencialista de un catolicismo que decidía por encima de los españoles qué y quién es España y qué y quién es anti-España”, y así, ya más cerca de nosotros, desde el comienzo de la República en 1931, frente a esa pretensión de los católicos, la izquierda republicana y los socialistas se radicalizaron derivando hacia un enfrentamiento de tipo revolucionario con la España clerical, que les llevó a tolerar con pasividad cuando no con complacencia graves desórdenes públicos contra la Iglesia.
----------La cuestión de la guerra civil española es compleja y aquí no es el tema y no la podemos resumir en un párrafo, aunque sí he dicho en otras ocasiones que es una verdad histórica que si la Iglesia en España hubiera tenido actitudes más propiamente evangélicas ante la sufrida población, es posible y hasta verosímil que la historia no hubiera sido la misma. Pero el hecho histórico es que el sector revolucionario de la clase obrera, indignado por el apoyo de gran parte del clero a los ricos y a los pudientes, se desató contra iglesias y conventos, ya desde antes de que estallase la guerra civil (baste sólo mencionar la semana trágica de Barcelona en 1909, la proclamación de la República en 1931, la insurrección de Asturias en 1934).
----------Al respecto, conviene advertir que el catolicismo español se ha caracterizado más por santos místicos y misioneros que por figuras de caridad social. Se trata de un dato difícilmente negable. Es de gran significación que la santidad española se ha expresado con mayor fuerza en figuras místicas y misioneras. Así, en el siglo XVI y XVII floreció la llamada escuela ascética y mística española, con santos como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Pedro de Alcántara y Luis de Granada, santos que se caracterizan por su vida contemplativa, su magisterio espiritual y su impulso misionero. En contraste, España no produjo figuras de caridad social tan universales como Francisco de Asís en Italia, Vicente de Paúl en Francia o la Madre Teresa de Calcuta en India. Aunque hubo santos dedicados a la asistencia (como san Juan de Dios, fundador de la Orden Hospitalaria), el perfil dominante fue siempre el místico y el misionero.
----------Luego tenemos los mártires de la guerra civil. Entre 1936 y 1939 se produjo una persecución religiosa conocida como el Terror Rojo. Se calcula que fueron asesinados casi siete mil miembros del “clero” católico —encomillo el término porque en esa cifra cuento a obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas—; y la Iglesia ya ha beatificado y canonizado a miles de ellos, como los 498 mártires españoles beatificados en 2007. Estos mártires son reconocidos por su testimonio de fe y su inocencia frente al odio ideológico.
----------Semejante dimensión martirial nos obliga a preguntarnos —sobre todo a los españoles y a los herederos de la cultura española—, frente al salvaje martirio de tantos católicos especialmente clérigos y monjas: ¿qué ha podido motivar una tal explosión de odio? ¿Un cristiano puede acaso evitar hacer este examen de conciencia precisamente en el momento en que reconoce y venera el martirio personal de estas víctimas inocentes? ¿Puede acaso legitimar, cuando lleva a los altares su martirio, una intransigencia religiosa que no reconoce en el que disiente ni siquiera una mínima parte de razón?
----------Jacques Maritain reflexionó críticamente sobre el odio y la instrumentalización de la religión, negando que aquel conflicto interno español pudiera considerarse una “cruzada” y una “guerra santa”, como quería llamarla entonces el Episcopado Español. Invitado Maritain a España en 1934, vivió de cerca el clima intelectual previo a la guerra. Durante el conflicto, rechazó la idea de “guerra santa” que algunos sectores defendían, y se situó “en el bando de la paz”. Sus escritos y debates (por ejemplo, con Gustavo Franceschi en la revista Criterio) muestran su preocupación por el odio desencadenado y por la tentación de legitimar la violencia religiosa. Maritain insistía en que el martirio debía ser venerado como testimonio de fe, pero nunca instrumentalizado para justificar una intransigencia que niegue toda razón al disidente. Sus intervenciones fueron un claro llamado a un examen de conciencia sobre la intransigencia religiosa.
Tradición viva y pasadismo: una distinción necesaria
----------Tras haber recordado cómo la memoria combativa ha configurado durante siglos la identidad española, conviene ahora detenernos en una distinción semántica fundamental. No basta con describir el pasado: es necesario discernir qué elementos pertenecen a la tradición viva de la Iglesia y cuáles son fruto de un pasadismo que debe ser superado y derrotado en cada una de las conciencias católicas y de nuestro modo de actuar en la sociedad, tanto como debe ser derrotado ese modernismo negador de la tradición. Sólo de esa manera podremos comprender qué debe ser custodiado y qué debe ser purificado.
----------La Iglesia custodia la tradición como inmutable depósito de la fe, transmitido en fidelidad al Magisterio y abierto a los signos de los tiempos para su mejor intelección. Este es el sano tradicionalismo, indispensable para la continuidad de la vida eclesial. La tradición viva no es inmovilismo, sino encarnación: se actualiza en cada época, sin perder la sustancia del Evangelio. Como subrayaba Jacques Maritain en sus lecciones de Santander, la tradición auténtica es principio de encarnación, no de cruzada.
----------En cambio, el pasadismo —que es un modo mío de decir lo mismo que enseñaba el papa Francisco con el término indietrismo—, es apego a formas culturales superadas, absolutización de esquemas combativos y nostalgia de una cristiandad que ya no existe. Por eso ha habido quienes, en el caso de España, lo describen como una pretensión “esencialista” de un catolicismo que se arroga el derecho de decidir por encima de los fieles qué y quién es España y qué y quién es anti-España. Se trata de una deformación de la tradición, porque confunde la fidelidad al Evangelio con la imposición de modelos históricos caducos.
----------Por lo tanto, confundir tradición con pasadismo es un error semántico y doctrinal: la primera es vida, el segundo es fijación en lo muerto. El sano tradicionalismo es necesario para custodiar la continuidad eclesial, tanto como lo es el sano progresismo (que no es modernismo, el cual es precisamente su corrupción). Tanto el pasadismo como el modernismo rompen la comunión de fe y caridad, y se convierten en obstáculo para la misión. Por eso, vamos comprendiendo que es urgente superar el catolicismo de cruzada y abrirnos a una tradición viva que, fiel al Evangelio, sepa dialogar con la modernidad sin perder identidad.
El actual imaginario pasadista en España
----------Si bien el Episcopado español ha dejado atrás el lenguaje de cruzada, no puede negarse que en ciertos círculos minoritarios el imaginario pasadista sigue vivo. Se trata de grupos contra-revolucionarios que se sienten herederos de la Reconquista y de la Contrarreforma, y que reproducen un catolicismo identitario y combativo. Viven en una burbuja simbólica, ajenos al mundo real, y desde esa burbuja llegan incluso a considerar al Papa y a los Obispos en comunión con él como enemigos de la verdadera fe.
----------Conviene repetir que este fenómeno puede describirse como una “pretensión esencialista” de un catolicismo que, en sí mismo, humanamente considerado, tiene sólo características contingentes y mutables, pero que pese a ello se arroga el derecho de decidir por encima de los fieles qué es esencialmente España y quién es España y qué y quién es anti-España. En nombre de la tradición, estos sectores absolutizan formas históricas caducas y convierten la fe en instrumento de exclusión. La paradoja es evidente: en nombre de la tradición, rompen la comunión eclesial y se convierten en factor de división. Obviamente, lo que estos sectores llaman tradición, no es la inmutable Tradición, fuente de la divina Revelación, sino que son las tradiciones culturales, formas históricas y contingentes en las que se ha vivido la fe.
----------Este imaginario pasadista se alimenta de una memoria combativa que, en vez de ser purificada, se absolutiza como modelo vigente. Así, la lógica de cruzada se proyecta sobre la vida política y cultural contemporánea, generando un catolicismo de confrontación permanente. Este catolicismo de “cruzada”, de “guerra santa”, de “contra-revolución”, de “batalla cultural”, al pretender representar la esencia de España por encima de las opiniones de los españoles, termina por confundir la misión de la Iglesia con la hegemonía cultural de un grupo, de una minoría sectaria, incapaz de escuchar las razones de quien no tiene la misma opinión.
----------La consecuencia pastoral es grave: quienes se aferran a este imaginario pasadista no sólo se aíslan de la sociedad plural y secularizada, sino que también se aíslan de la comunión eclesial en la fe y la caridad. En vez de custodiar la tradición viva, se convierten en guardianes de un pasado idealizado, incapaces de reconocer que la verdadera fidelidad consiste en encarnar el Evangelio en el presente.
La contra-revolución como obstáculo para la misión
----------La historia de la fe vivida por un pueblo, al presentársela como memoria combativa, y sobre todo cuando se absolutiza en clave pasadista, deja de ser recurso pedagógico y se convierte en un verdadero obstáculo para la misión de la Iglesia. En una sociedad plural y secularizada, insistir en la lógica de cruzada impide el diálogo y bloquea la evangelización. La Iglesia no está llamada a reproducir esquemas de guerra cultural, sino a anunciar el Evangelio como propuesta de comunión y de esperanza.
----------Como repetidamente he advertido, el catolicismo de cruzada, al pretender representar la esencia de España por encima de las opiniones de los españoles, termina por confundir la misión de la Iglesia con la hegemonía cultural de un grupo. Esta pretensión esencialista convierte la fe en instrumento de exclusión y genera una intransigencia que niega toda razón al disidente. En vez de abrir caminos de encuentro, levanta muros que separan la Iglesia de la sociedad. No hace falta explicar que este silogismo es aplicable no sólo a España, sino a cualquier otra Iglesia local, a cualquier otra comunidad de católicos que viven inmersos en una sociedad concreta con otros cristianos, no-cristianos y no-creyentes, y que junto con ellos debe esforzarse por configurar en el espacio-tiempo una cultura cada vez mejor en la medida de lo posible.
----------La consecuencia pastoral es evidente y grave: un catolicismo pasadista, al absolutizar la confrontación, se aísla de la cultura contemporánea y se vuelve incapaz de iluminarla. La misión de la Iglesia exige un lenguaje de comunión, de propuesta positiva y de testimonio de belleza. Allí donde se insiste en la cruzada y en la contra-revolución, la fe se percibe como imposición ideológica, y no como don gratuito de Dios. Vuelvo a traer a nuestra memoria a Jacques Maritain, ese fulgente precursor del Concilio Vaticano II, quien frente a este riesgo, proponía superar tanto el integrismo pasadista como el secularismo disolvente, para abrir paso a un humanismo cristiano capaz de habitar el mundo moderno sin renunciar a la fe.
----------Por eso, la memoria combativa debe ser purificada y superada. No se trata de negar la historia, sino de reconocer que la fidelidad al Evangelio no puede confundirse con la reproducción de esquemas de enemistad hoy superados. La Iglesia está llamada a ser fermento de comunión, no guardiana de un pasado idealizado. Sólo así podrá responder a los desafíos de una sociedad plural y secularizada, mostrando que la tradición viva es fuente de esperanza y no de vacua confrontación.
Más allá de la cruzada: hacia un humanismo cristiano
----------La reflexión que hemos hecho acerca del catolicismo español, nos ha abierto a horizontes más amplios, y comprendemos que existen principios y normas de acción que son aplicables no sólo a España, sino a toda la Iglesia, particularmente a las Iglesias locales que viven en comunidades herederas de la cultura española, como las latinoamericanas. Iglesia española —y universal— está llamada a custodiar la tradición viva, no el pasadismo combativo. La verdadera continuidad se encuentra en la comunión con el Papa y en la apertura pastoral, no en la reproducción de esquemas de enemigos. El desafío es transformar la memoria histórica en cultura de comunión, capaz de dialogar con la modernidad sin perder identidad.
----------Aquí se abre un horizonte fecundo, precisamente aquel que Jacques Maritain delineó en sus seis lecciones de Santander, en 1934, las cuales han sido germen de su Humanismo integral, de 1936, el año de su visita a la Argentina. Allí Maritain proponía superar tanto el integrismo pasadista como el secularismo disolvente, para construir un humanismo cristiano capaz de habitar el mundo moderno sin renunciar a la fe. Su propuesta no era cruzada, no era contra-revolución, no era guerra santa, sino encarnación: una Iglesia que, fiel a su tradición, se abre a la misión en el mundo contemporáneo.
----------La que ofrecía Jacques Maritain, frente al catolicismo de cruzada, era una alternativa profundamente y claramente evangélica: no la imposición cultural ni la hegemonía ideológica, sino la encarnación del Evangelio en la historia. En este sentido, la fidelidad a la tradición no significa repetir formas caducas, sino dejar que el Evangelio fecunde las culturas de hoy, con creatividad y esperanza.
----------Este será un próximo paso de nuestra reflexión, en alguna próxima publicación: mostrar cómo el Humanismo integral ofrece una alternativa al imaginario combativo, proponiendo un cristianismo que no se repliega en la nostalgia, sino que se proyecta en la historia como fermento de comunión y de esperanza.
Fr Filemón de la Trinidad
Mendoza, 25 de noviembre de 2025

Padre, usted habla de pasadismo y de la necesidad de superarlo. Pero ¿cómo podemos distinguir en la práctica entre lo que es tradición viva y lo que es simple nostalgia combativa? ¿No corremos el riesgo de desvalorizar la memoria de quienes defendieron la fe en tiempos difíciles?
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